Festival Internacional de Poesía en Puerto Rico 
FIPPR

   

Edgardo Nieves Mieles. Puertorriqueño nacido el día 17 del décimo mes del año en el cual “Sugar” Ray Robinson reconquista por tercera vez el campeonato de los pesos medianos tras noquear en el 6to. asalto a Gene Fullmer. Forma parte del grupo de escritores que se aglutinó en torno a las revistas Filo de juego (1984-1987) y Tríptico (1987-1989). En 1993 publica un segundo poemario, El amor es una enfermedad del hígado. En el 2001, el sello editorial Isla Negra publica su antología poética Las muchas aguas no podrán apagar el amor. Su poesía figura además en varias antologías. Entre éstas: El límite volcado: Antología de la generación de poetas de los ochenta, (2000); Los nuevos caníbales: Antología de la más reciente poesía del Caribe Hispano, (2003) y Literatura Puertorriqueña del siglo XX (Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 2004). Algunos de sus cuentos han sido publicados en las antologías El rostro y la máscara. Antología alterna de cuentistas puertorriqueños contemporáneos (1995), y Mal(h)ab(l)ar (1996). También en Pequeñas resistencias 4. Antología del nuevo cuento norteamericano y caribeño (Madrid: Páginas de Espuma, 2005) y en la revista cibernética mexicana www.ficticia.com. Su poesía ha sido ampliamente laureada. Entre sus premios sobresalen los primeros premios en el Certamen del Instituto de Cultura Puertorriqueña (1987), en el Certamen del Ateneo Puertorriqueño (1991) y en el Gran Certamen de Poesía de la Comisión para la Celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América y Puerto Rico (1993). En el 2006 obtuvo, en el género cuento, el primer premio del  Certamen del Ateneo Puertorriqueño.

 

Las alegrías del Hombre Invisible (Tarjeta postal a Antonio Muñoz Molina, quien asegura que uno sólo existe si lo saben en Barcelona o en Madrid)

 

Me place pasar de incógnito

entre la presurosa multitud que,

sin el más mínimo pudor,

por las grandes ciudades

saca de paseo y exhibe

sus más obscenas soledades.

 

 

De cómo, tras los secuestradores liberar a su hijo a cambio de $3.2 millones, Vicente Fernández, además de su gran talento para cantar rancheras, da muestras de conjugar notablemente verbos irregulares

 

Ni me vine, ni me vengo, ni me vendré.

Ni me fui, ni me voy, ni me iré.

He vivido y viviré toda mi vida en México.

 

Las vírgenes tienen muchas Navidades, pero ninguna Nochebuena (En el diario de una tuberculosamente pálida y anacrónica beata de esas que languidecen con aristocrático donaire apoltronadas en los balcones de la espera y que más bien parecen obstinadas en quedarse a vestir santos y cuidar sobrinos y a quien nadie jamás compuso un inolvidable madrigal ni un sencillo jaikú)

 

Lo último que una mujer

debe perder no es la esperanza,

sino la virginidad.

 

Pienso en el amor precisamente

 

Hundida la mirada en la noche de la nada,

pienso en el amor precisamente.

Como el viento coqueteando con las ramas del jobo,

siento un suave cosquilleo en la memoria.

Es el abuelo, ruaque que ruaque, calentando

sus huesos de cristal, ruaque que ruaque,

en la anciana mecedora del balcón.

El abuelo con su digna corona de sal

y sus manos, encallecidas por el rigor

del trillo y los surcos, rugosas cual hojas de guayabo,

repartiendo siempre caramelos de ternura

entre la consentida y felicísima cofradía de nietos.

Ése que asumió de cuerpo entero la terrible tarea

de engullir a los fantasmas familiares.

Ése al que apenas le escuché articular un puñado de palabras.

(Justo las necesarias para que me siga doliendo su ausencia

toda la vida y un mes más.)

Es el hijo de la suegra de mi esposa

recogiendo grosellas a la vera del camino.

Es la abuela que me besa y me echa la bendición al pie de la vieja casa.

Con tal de no prolongar tan triste ceremonia,

me apresuro a darme la vuelta.

Tras poner en marcha el Toyota Corolla,

volteo la mirada y no se me despegará ya

de las pupilas esa imagen de una delicada mariposa

atrapada en medio del sofocante desorden

de plantas tropicales que ocupan el balcón

desde donde no deja de agitar su delgada mano

mientras mi auto se aleja por la estrecha vereda

prendida de trinitarias y heliconias hasta perderse en la cruel distancia.

Es la pequeña Noelia alborotándolo todo en casa

con sus 4 dientes de leche Klim;

ejecutando una entusiasta danza de la lluvia

justo en el epicentro de la sala.

(Esta vez la música es cortesía de Astor Piazzolla.)

Es nuestro arcángel en miniatura pastoreando su juguete predilecto.

Al hacerlo exhibe galas, no sólo de indudable creatividad,

sino de gran suspicacia.

(Luego de caminar cierto trecho,

se vuelve puntualmente y le da un pequeño tirón

a su extraña mascota: Eusebia, la servicial pero terca plancha.)

Son los zapatos y la camisa de mi padre ungidos en sudor.

Mi padre, a quien hubo que abrirle el pecho

para dejar salir todo el humo

que allí almacenó desde su adolescencia.

Mi padre, día tras día, contando las mandarinas en el árbol.

Mi padre, quien no cede un ápice

en su de antemano perdida batalla contra los molinos de viento

y las hojas muertas del traspatio.

Mi padre, aluzando un huevo contra el Sol

para desentrañar los misterios encerrados en su interior.

Es mi madre navegando a sus anchas

en su vetusta máquina Singer.

(Al arrullo de su música mi infancia se durmió.)

Es el abejeo incansable de sus manos 

afanadas en ordenar mis aún descalzas sílabas escolares.

 (Junto los párpados y, con la parte de atrás de los ojos,

la veo mojando la bolita de añil en aceite de cocinar

para entonces dibujarme amorosamente una cruz

debajo de la planta de cada pie

tal y como lo recomendó la espiritista del barrio.)

Es ella, ésa que nunca recibirá un agasajo

de los orondos senadores de turno

(expertos hacedores de frívolas resoluciones y otras naderías)

por haber cumplido digna y cabalmente

con sus deberes de madre y esposa.

Todo esto, a pesar de la osteoporosis

comejenéandole sin piedad el menudo armazón de calcio

que sostiene la hermosa costumbre del árbol de sus venas.

Sí, es ella, la que en silencio azula y plancha

como nadie las arrugas de mi corazón.

Es entonces que, con humildad de cohítre,

acurrucado como un niño,

lavo mis ojos en el cristal del llanto y al fin es el amor

abriendo su magnífica corola de cien apretados pétalos.

Ahora estoy sereno, otra vez con luz.