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Las alegrías del Hombre Invisible (Tarjeta postal a Antonio Muñoz Molina, quien asegura que uno sólo existe si lo saben en Barcelona o en Madrid)
Me place pasar de incógnito entre la presurosa multitud que, sin el más mínimo pudor, por las grandes ciudades saca de paseo y exhibe sus más obscenas soledades.
De cómo, tras los secuestradores liberar a su hijo a cambio de $3.2 millones, Vicente Fernández, además de su gran talento para cantar rancheras, da muestras de conjugar notablemente verbos irregulares
Ni me vine, ni me vengo, ni me vendré. Ni me fui, ni me voy, ni me iré. He vivido y viviré toda mi vida en México.
Las vírgenes tienen muchas Navidades, pero ninguna Nochebuena (En el diario de una tuberculosamente pálida y anacrónica beata de esas que languidecen con aristocrático donaire apoltronadas en los balcones de la espera y que más bien parecen obstinadas en quedarse a vestir santos y cuidar sobrinos y a quien nadie jamás compuso un inolvidable madrigal ni un sencillo jaikú)
Lo último que una mujer debe perder no es la esperanza, sino la virginidad.
Pienso en el amor precisamente
Hundida la mirada en la noche de la nada, pienso en el amor precisamente. Como el viento coqueteando con las ramas del jobo, siento un suave cosquilleo en la memoria. Es el abuelo, ruaque que ruaque, calentando sus huesos de cristal, ruaque que ruaque, en la anciana mecedora del balcón. El abuelo con su digna corona de sal y sus manos, encallecidas por el rigor del trillo y los surcos, rugosas cual hojas de guayabo, repartiendo siempre caramelos de ternura entre la consentida y felicísima cofradía de nietos. Ése que asumió de cuerpo entero la terrible tarea de engullir a los fantasmas familiares. Ése al que apenas le escuché articular un puñado de palabras. (Justo las necesarias para que me siga doliendo su ausencia toda la vida y un mes más.) Es el hijo de la suegra de mi esposa recogiendo grosellas a la vera del camino. Es la abuela que me besa y me echa la bendición al pie de la vieja casa. Con tal de no prolongar tan triste ceremonia, me apresuro a darme la vuelta. Tras poner en marcha el Toyota Corolla, volteo la mirada y no se me despegará ya de las pupilas esa imagen de una delicada mariposa atrapada en medio del sofocante desorden de plantas tropicales que ocupan el balcón desde donde no deja de agitar su delgada mano mientras mi auto se aleja por la estrecha vereda prendida de trinitarias y heliconias hasta perderse en la cruel distancia. Es la pequeña Noelia alborotándolo todo en casa con sus 4 dientes de leche Klim; ejecutando una entusiasta danza de la lluvia justo en el epicentro de la sala. (Esta vez la música es cortesía de Astor Piazzolla.) Es nuestro arcángel en miniatura pastoreando su juguete predilecto. Al hacerlo exhibe galas, no sólo de indudable creatividad, sino de gran suspicacia. (Luego de caminar cierto trecho, se vuelve puntualmente y le da un pequeño tirón a su extraña mascota: Eusebia, la servicial pero terca plancha.) Son los zapatos y la camisa de mi padre ungidos en sudor. Mi padre, a quien hubo que abrirle el pecho para dejar salir todo el humo que allí almacenó desde su adolescencia. Mi padre, día tras día, contando las mandarinas en el árbol. Mi padre, quien no cede un ápice en su de antemano perdida batalla contra los molinos de viento y las hojas muertas del traspatio. Mi padre, aluzando un huevo contra el Sol para desentrañar los misterios encerrados en su interior. Es mi madre navegando a sus anchas en su vetusta máquina Singer. (Al arrullo de su música mi infancia se durmió.) Es el abejeo incansable de sus manos afanadas en ordenar mis aún descalzas sílabas escolares. (Junto los párpados y, con la parte de atrás de los ojos, la veo mojando la bolita de añil en aceite de cocinar para entonces dibujarme amorosamente una cruz debajo de la planta de cada pie tal y como lo recomendó la espiritista del barrio.) Es ella, ésa que nunca recibirá un agasajo de los orondos senadores de turno (expertos hacedores de frívolas resoluciones y otras naderías) por haber cumplido digna y cabalmente con sus deberes de madre y esposa. Todo esto, a pesar de la osteoporosis comejenéandole sin piedad el menudo armazón de calcio que sostiene la hermosa costumbre del árbol de sus venas. Sí, es ella, la que en silencio azula y plancha como nadie las arrugas de mi corazón. Es entonces que, con humildad de cohítre, acurrucado como un niño, lavo mis ojos en el cristal del llanto y al fin es el amor abriendo su magnífica corola de cien apretados pétalos. Ahora estoy sereno, otra vez con luz.
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