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Guillermo Gutiérrez Morales,
es natural de la ciudad de Utuado, donde nació el 9 de septiembre de
1928. Allí realiza sus primeros estudios y al graduarse de escuela
superior, fue reclutado con carácter obligatorio por el ejército de los
Estados Unidos y estuvo en acción militar en la Guerra de Corea. Al
regresar, cursa en la Universidad de Puerto Rico un Bachillerato en
Artes de la Educación y créditos hacia la maestría, sirviendo durante 25
años como maestro de Español en la Escuela Superior de Utuado. Sus
publicaciones en verso encuentran acogida en las revistas de poesía
Bayoán, Guajana (segunda época) y Mairena y, ocasionalmente, en el
suplemento En Rojo, del periódico Claridad. En 1964 publica en su ciudad
natal su primer libro de versos, Islerías, y en 1967, Sonetos Indios,
primera parte de la Trilogía antillana, que se completa con Sonetos del
huracán y Sonetos del árbol, aparecidos en 1975 y 1976, respectivamente.
El Instituto de Literatura Puertorriqueña premia en 1983 su obra
Recuerdos de los “bunkers”, diario en fragmentos de sus experiencias en
Corea. Como homenaje a su comarca de origen, Gutiérrez Morales publica,
con la subvención del Instituto de Cultura Puertorriqueña, dos poemarios
adicionales, Sonetos utuadeños (1989) y Sonetos del Cerro Morales
(1998). La obra de este persistente cultivador del verso, arraigado en
la autoctonía puertorriqueñista, ha encontrado sitial en varias
antologías isleñas. Recientemente, la Legislatura puertorriqueña le
otorgó un reconocimiento.
De: Islerías
Soneto con aire antiguo
A una flor acostada que en mi mesa puse, mirando al resplandor del cielo, canto, llorando su premioso yelo, su aire para morir, su sutileza.
Era tallo de sombra su belleza, menos llamado al alto, más al suelo, más de la tierra oscura y de su duelo, de lo de acá con noche y su tristeza.
Así para el aquende vive todo. Porque no basta el hábito sublime ni la color del aire frente al lodo.
Porque ni amor ni anhelo nos redime de ver lo bello huir, y de tal modo somos para la tierra y lo que gime.
De: Sonetos indios
Piedra del indio (Barrio Salto Arriba, Utuado).[1] A Pedro Matos Matos
Indio de brizna que en la piedra has sido. En aire te labraron para ausencia. Pero, hundida en la piedra está tu esencia, se siente arder tu pulso en su latido.
Queda tu luz de roca en lo esculpido. Un collar de tu voz va en la cadencia de las aguas del río; es la paciencia de la isla sometida ese gemído.
La roca que labraste sobrevive. Pisará solo sombra la pisada y tu presencia siempre en lo que vive
sentirá de otras gentes la llamada. Tribu serán del viento en el declive del tiempo que se come la mirada.
De: Sonetos del huracán
Casa de San Ciprián (A mis tíos Guillermo y Eduviges, en la Eternidad).
San Ciprián masticó la noche entera y me dejó toronjas en la mente, lanzadas en el patio de repente con amarillas aguas por fuera.
Recuerdo la casona de madera de tablas del país, jardín al frente, la barba de mi tío sonriente y el reloj de pared. (De cuco era).
Aquella casa soportó los vientos del Goliat de los mares, cuando hería el Santo San Felipe. En sus cimientos
de piedra y ortegones no hubo vía, ni grieta ni desliz y fueron cientos los que allí se salvaron ese día.
Invocación taína (Desde Otoao)
Padre Huracán, demiurgo de la Antilla, como en indio te miro fascinado y te ofrezco el cemí mejor labrado y el don incalculable y sin mancilla.
Te temo y te venero en la semilla. Yo sé que Yocahú te ha generado, pues eres la otra luz de lo creado; eres del ya no ser rota escudrilla.
Recibe mis maizales y mis casas; mis lágrimas te llevo en cuencos finos. Yo soy la caña feble que tú arrasas
y no lamento nunca tus caminos. Tu voluntad va en ellos y tú tasas. Eres el hilador de los destinos.
Soldadura
Le temo al huracán porque aborrezco la limosna que acera la cadena con reciedumbre esclava y más condena y gratitud servil. Yo compadezco
al pueblo que la siente. Lo padezco. Nos tiran unas migas cuando truena que luego se convierten en más pena y menear más la cola. Es canallesco.
¡Oh, pueblo mío, atiende, forja vara! Hazte libre en el viento y no mendigo, que esa harina del amo es siempre cara.
La dan con una mano en el ombligo y el gesto amparador de quien amara; pero hay detrás un sable. Soy testigo.
De: Sonetos del árbol
Gran brucayo rey, tigre
El oro que le vi entre la aspereza decorando metálica pezuña, en demora de sol doraba uña de tigre tallado en la maleza.
Memorable visión de la grandeza. Una pesada garra como cuña en un verde rubor late y aruña y esculpe resplandores de realeza.
Camina en la alborada despacioso acechando cotorras de la altura con ojo ya auroral, majestuoso.
Come carne de luz en la espesura y el sol, que ya lo mira receloso, lo atrapa con la red de su blancura.
El grito verde
Tiembla el árbol que ve llegar la hora en que el hacha del día lo descuaje y se sabe tan frágil en su anclaje, amarrado al velero de la aurora.
Mudo eleva la savia rondadora que le pinta la flor en el ramaje y prosigue la curva de su viaje hasta hacerse osamenta de la flora.
Arde en años de luz de base a punta buscándole respuesta a su querella; el árbol se parece a una pregunta
que el suelo le hace al cielo que destella, o grito verde en pie que en vilo apunta al allende de savia de la estrella.
De: Sonetos utuadeños
La Monserrate (A una talla en mi hogar).
El santero que talló a mi Monserrate parece ser que fue mi bisabuelo. ¡Tan antigua es la santa de este suelo! La mía perdió los brazos en combate
con ciclones y sismos y al embate de pestes lacerantes cuyo duelo ella arropó en su manto con desvelo. ¡Señora de piedad, tu ser nos late!
La santa de mis ojos fue encontrada después de un huracán entre la arena, por detrás de la casa, casi ahogada.
Fue mordida por perros y sin pena volvíase a su nicho iluminada, para cuidar al Niño de la Cena.
De: Sonetos del cerro
La morada final
Elevación del aire. No está el monte. Sólo allí está mi alma de neblina, mi fantasma de amor, fuerza felina o el ave que se llama mi sinsonte.
Porque yo vivo en él, soy horizonte para venirme a ver desde La Mina. Doblando hacia Jayuya se domina mi rostro acantilado, dios bifronte.
Pirámide me erijo en la ladera. Sorbiendo manantiales bebo el zumo que hará de piedra eterna mi quimera,
mi caballo de luz, mi busto de humo. Allí estará el poeta en su cumbrera, cubierto por el tiempo y un yagrumo.
De: El cerro de los mártires
Los maestros del mal a Frantz Fanon
La colonia es la ciencia que destila una serpiente adánica tan mala, que encandila y engaña y que propala mil visiones del miedo en la pupila.
Es boa constrictor que aquí aniquila la voluntad de un pueblo, porque exhala un remedo del bien, donde resbala el sol de la justicia y se adormila.
Pero no es invencible la criatura. Se bate en retirada ante la flama del héroe inmancillado que fulgura,
que la reta a pelear y que la llama a la liza sin par, donde figura en la limpia vanguardia que lo aclama.
En periódico Claridad, Sección En Rojo, del 5 al 11 de octubre de 1979.
El retorno de los héroes de granito (In Memoriam: Andrés Figueroa Cordero).
¡Madre patria, Malén, aquí están ellos! Pido al vino más alto la concreción del gozo reunido en la vertiente morena del picacho. Desatada alegría va en la espiga y el coro de los cayos y arrecifes es todo vela alzada aireando ese llegar. Para el vaso de Andrés, aquí están ellos. Qué gran decoro antiguo pisa la tierra ahora. Se signan del rubor de su nobleza los castos aguaceros. En los ojos ahora otro será el llorar. La robusta llegada trae escudos, trae legendarios brazos, porta el mito. Algo desconocido de la sangre viene en ellos. De estupor a estupor calla en la ola un griterío de voces que no saben nombrar ni bautizar. Todavía no saben. Los jóvenes los miran estrenando caudillos, y palpan gesto a gesto el roquedo del héroe, más no alcanzan aún a columbrar. Para pronto será. Porque en ese llegar va encinta una palabra que es tallación vaciada para moldes de siglos. Se forjó en la metralla sagrada de las ansias; la estuvieron pensando los caciques lejanos, los negros, los días vapuleados y las jíbaras albas. Era candela y lágrima, tórtola de ternura en la ceja de Albizu. Era palabra viva. ¡La virgínea palabra bajo el sol de Lolita! Yo vi su sangre intensa en las calles de Utuado, la vi crecer, arder, hacerse planetaria desde Lares y en los redaños hondos del Grito de Jayuya, allí donde los héroes se llamaban Griselio, él, él, el inmenso muchacho obedeciente, donde desemboca el río de la vergüenza patria. La “Piedra Escrita” del Coabey le quedó enamorada. La palabra era río hablante de coquíes. Y se pasaba al gesto, al candente secreto del tapado de armas, y al pulso redentor, iluminado, de Elías y de Hiram. Gestación de gargantas, yautiales, sudarios. Relámpago de arenga. En la plaza del pueblo prieteaban las cabezas. Arribaba el Maestro en anclaje de estrella. Fogonazos de gritos desafiaban los cielos. La voz estaba hecha. El Verbo había llegado. Cómo no obedecer. Y la fría consigna secreteada rebasó la frontera. Los ciruelos en flor allá en el Norte dejaron de ser rosa. Estaba andando la palabra. Se uncía voluntades, las más limpias y ejemplares voluntades, porque es que con la pureza verdaderamente se puede caminar. Y el camino escogido fue el radioso, el más radioso, el del morir. Aún la cordillera siente el escalofrío que produce el valor. Fue tan escueta y simple y tan grandiosa la proeza que escapa a todo cálculo y asombra a la misma palabra. Pero vino de la inmensa palabra todo aquello. La andina devoción a una vergüenza tradujo en acto al verbo. Ya era la hora. Y bramó la metralla. En los corredores lujosos del corazón del rico flaquearon las estatuas. La víscera sagrada había sido interesada, llegando la estocada a las mismas galaxias. El raerse los ojos con zarpazos de rabia. El cubrir a toda prisa a la Virgen Vestal, a las fascies del oro del imperio. El correr a ocultar el Escudo bajo las bóvedas, y hacer el lavatorio de su Credo. El taparse los ojos ante aquella bandera de una sola, amotinada estrella, ondeando como moira sobre la inmensa sala. Una estrella a zarpazos, encendiendo otras tantas sobre el mármol hollado. ¡Oh, símbolo esgrimido, y a qué altura! Y lo hizo el verbo, músculo de palabra que hoy arriba. Fue el David de los valles jayuyanos, Oscar en bronce recio, doña Blanca Canales, Doris, pura en la hoguera de su amor borincano. Crestería infinita abonada con sangre. Y he aquí que nos han soltado esos picachos. Siento secretamente las voces de la tierra; somos parte del árbol que acude para loa; cristaliza una savia en camándulas vivas de alegría y el árbol se conoce su anclaje en la confianza. Ahora estamos completos. Su sangre y sus miradas crían trillos de sol. Bajo su celo agreste sembraremos el campo. Ya en nuestros pechos pueden golpear sus azadones y abrirlos para el día de la intensa semilla. Aquí nos tienen, prado, surco, sendero. Somos la tierra ansiada de su amado sembrar. ¡Qué más querrán los héroes, los sudados labriegos de la sangre, que ver su semillero de balas frutecer!
12de septiembre de 1979.
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