Festival Internacional de Poesía en Puerto Rico 
FIPPR

   

Marcos Reyes Dávila. Crítico, Catedrático de Literatura de la Universidad de Puerto Rico en Humacao y poeta nacido en Puerto Rico en 1952. Autor de una abundante obra crítica enfocada en dos aspectos principales: la obra de Eugenio María de Hostos y la Poesía Puertorriqueña.

Autor de los siguientes libros de Poesía: “Pájaros de invierno” (1978), “Estuario” (1980),“Goyescas” (1981), “Para un día sin réquiem y sin sombras” (1988),“Los códices secretos” (1986.1995); “Una lluvia tan grande de campanas” (2002) ,“Poemas del auxilio mutuo” (Parcialmente inédito), “La llama en llamas” (Parcialmente Inédito), “Poemas de la luna nueva” (Parcialmente  inédito).

Contacto: marcos.reyes@upr.edu

 

Un nardo en las sabanas

            Una misma uña furiosa

parece haber dibujado la Alhambra

que serías finalmente,

y las estelas de piedra mayas

que te imaginaron

y el oceáno agreste donde te encontré.

Un jardín quebrado como los desiertos

se añora y se adivina en sus nostalgias,

y una sed de muerte asida a sus escarabajos

desea todavía

las flores prometidas

de la estrella ¿cansada? de ser nueva

que creara el mago en nuestro nombre

para perpetuar por todo el orbe de mi vida

tu eclipse de azucena

y el nardo insomne de tu ausencia.

Percibo el aroma de tu vuelo y sus almendras

como una luz que titubea sus manzanas

en la distancia aún sin luna

donde fuiste amazona de mi alhambra

antes que escaparas del sueño en tus halcones

como un sol de limonero en la mañana

una rosa solitaria en tu incensario

un mito de jade maya que te encubre

y un oceáno de palmas blancas

--naturalmente caribe-- como tú,

que sacudes todavía con tu olor a las sabanas.

 

Moisés en el deseo

 

Nunca soñé que estaba aquí.

Con el allá

detrás de ti

soñaba siempre

Y con ese horizonte trasatlántico

que no te alcanza nunca

Con la sierra trasandina

que humedeces

en el cielo de tu boca

Y con lo que se remonta en el vuelo

del que busca y peregrina

Si tus aguas solo vienen de la sierra

que se empina desde Cuenca

o del fondo de la arcilla y de la arena

en medio del desierto sinaí

que no te olvida

 

Por eso estuve siempre

atado a la distancia como un eco

o como el reflejo impetuoso de un deseo

 

Nunca soñé que estaba aquí

aunque aquí estaba

Soñé con el allá

Me levantaba del suelo

un poquito y con recelo

y luego me remontaba

Y con sigilo seguí el rastro en la promesa

en la sospecha de tu encuentro

en tierra nueva

En un estuario

habitado en invierno por los pájaros

en el rostro más oculto que pintado

de ese Goya perdido

en el mediterráneo de su sueño

y en el réquiem que tocaba como flauta

la campana de La Alhambra

justo como dice el códice

del mar rojo

que abriera su secreta senda para mí

como una sherezada desplegada

en el sueño de una noche acquamarina

¡Cuántas veces encontré tu bosque húmedo

–puro madrigal

de madriguera–

y cuántas veces esfumaste

en un segundo

la ruta de tu gruta!

 

Guiado por el fuego

o por estrella

Segismundo o Moisés

lo mismo fuera:

¿a quién le importa Ulises al regreso

si Ítaca se desenfunda en un suspiro

y el tiempo... era?

Es que bien visto y ponderado

importa sólo el viaje

la ruta compartida

la pisada en la sorpresa

en cada tramo

que es guiado por un sueño

o un deseo

que no sabe de adiós

ni de difuntos

 

Relámpagos de Machu Pichu

 

(Fragmento)

 

Has de saberlo ya

ciudad secreta:

desde que te vi

sólo quise seguir mirándote

      inmensa

           formidable

piedra de nube ya

que sueña el mar caribe

para que lo penetre a ras

el sol de su caricia en la mañana

 

Pasaban ya de niño por mis sueños

lo mismo el cóndor

que la ternura de la alpaca

la melancólica melodía de los Andes

y la mirada de esa llama           

que me llama

 

Has de saberlo ya

sueño sagrado de mi sangre:

desde que te vi

sólo quise seguir mirándote.