| |
|
Pablo
Menacho. Nació en Chitré,
Provincia de Herrera, el 2 de octubre de 1960. Hizo la carrera de Diseño
Gráfico en la Universidad de Panamá. Ha sido miembro del consejo de
redacción de "Letrabierta [Carta de Poesía]" (1982), del colectivo de
escritores "La otra columna" (1982-1995) y del consejo editorial de la
revista "Littera" (1995). Fue jefe del Departamento de Diseño Gráfico
del Instituto Nacional de Cultura (1990-1992) y Editor Cultural del
diario El Panamá América (1993-1998). Es diseñador gráfico y realizador
en el Grupo Experimental Universitario (Universidad de Panamá).
Distinciones nacionales
Ha
obtenido diversos premios nacionales de poesía, entre ellos: Premio
único del VIII Concurso Literario Intercolegial (Ministerio de
Educación, 1978), el Premio Único del II Concurso Literario convocado
por la Dirección de Asuntos Estudiantiles de la Universidad de Panamá,
en 1979; el Premio Único del Torneo de Poesía Verano del INAC (1980),
Primera Mención Honorífica en el Premio Signos de Joven Literatura
(1985), Segundo Premio en el Concurso de Poesía "Amelia Denis de Icaza"
(INAC, 1986), Segundo Premio y Finalista en el Torneo de Poesía de
Verano INAC-TEXACO en 1995 y 1996, respectivamente. Obtuvo Primera
Mención Honorífica en el Premio Centroamericano de Literatura "Rogelio
Sinán" 2001 - 2002 (poesía).
De Reinvención del
territorio
1.
Los días eran espejos
transparentes
sobre tus ojos siderales,
escrituras en una piel concebida
para todos los sentidos
donde el poema cobraba formas nuevas
y espesuras.
Sembradíos del nombre
que la pasión acogía sobre el tálamo
dispuesto al banquete de los nuevos desposados.
Los días eran resguardo de malos presagios
y buenas providencias,
el cuchillo de la tarde sobre el mantel del agua
tiñendo de un silencio amargo y gris
las voces de los desvelados,
dibujando los paisajes y sequías
en el reciente vecindario,
el duro signo de la soledad sobre la mirada
del ausente.
(Las noches, tu cuerpo cobraba brillos
nunca vistos y colores.
Era la hora que llegaba
para el festín que anunciaban
los otros espejismos.)
2.
Dadme los alimentos y el
aliento,
el pan y sus levaduras más elementales,
el signo más nuevo,
que viajo a través de viejos trenes
con sus antiguas linternas y estaciones.
Es el regreso de sueños cabales y escrituras.
Bajo la sombra del almendro atolondrado
del domingo
suena Bach con sus presencias,
la memoria y lo inmemorable
de los signos del eclipse.
(Eduardo conversa, aún, con Jacques
a través de unos años
ya borrados por la muerte:
sus canciones dibujaban arabescos
en medio de este invierno condensado
en las ventanas).
Empinada sobre el horizonte del planeta
la música tejía la red del firmamento
más fulgente.
Signos estelares evocaban los desgastados faroles
de los parques
y la mesa dispuesta de manjares
para la última ambrosía.
El mar era una alfombra tejida de luciérnagas:
tiempos en que la sed era la medida del agua,
el asombro de un milagro de estaciones
casi inalcanzables.
Dulce, escucho aún, la canción de sus sirenas.
3.
Estableceremos un orden
que sea nuevo,
como elegidos a bordear el mar
y navegar sus singladuras.
(Somos viejos marineros barrenados por la sal de la brisa
y la arena inabarcable de este sol).
Aquí, en la vida, la muerte cose agujeros
a la piel de los hombres:
es la podredumbre y sus misericordias.
¿Qué temblor podría sacudirnos
de tanta somnolencia?
¿Qué banderas silbarían un himno de Beethoven?
Somos la reinvención del territorio
y de sus fieras
batidos sobre el campo del poema,
el asombro de un milagro de estaciones
casi inabarcables
donde cada elemento cobrará definiciones
nunca dichas.
Habrá que escribir cartas nuevas
-nos dijimos-
cuando la pesadilla acabe, finalmente.
Habrá que escribir cartas nuevas
deshaciendo el laberinto y sus delirios.
|