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Roberto
Sosa,
nació en la ciudad de Yoro, Honduras, el
18 de Abril de 1930. Colabora en los principales Diarios y Revistas de
Honduras y demás países Centroamericanos, Su obra poética ha sido
favorablemente comentada en España, Colombia y México. Pertenece al
grupo de intelectuales Hondureños «Vida nueva» y actualmente dirige la
Revista mensual Arte y Letras «Presente», publicación de Carácter
Centroamericano. Ha
obtenido los premios Adonais (1968), Casa de las Américas (1971) y el
Nacional de Literatura "Ramón Rosa" (1972).
Obras publicadas; Calígrafas (Poesía), Tegucigalpa, 1959. Muros
(Poesía), Tegucigalpa, 1966. Mar Interior (Poesía) Tegucigalpa, 1967.
Antología de la Nueva Poesía Hondureña Prólogo y selección de Oscar
Acosta y Roberto Sosa) Tegucigalpa, 1967.
Un mundo para todos dividido" (1971). Secreto militar (1995). El llano
de las cosas (1995) y digo mujer (2004). Su obra ha sido traducida al
inglés, francés, alemán, japonés e italiano.
Poemas
FÁBULA DE LA MUERTE
Éste es el muro: no hay puente,
ni relámpago,
ni océano.
¿Cómo olvidar su exacto
dominio entre lo obscuro?
Me mareo de angustia
y te hablo de aquellos
que no tienen ni una piedra
en que tender los huesos,
porque, oh muerte,
¿qué inválido ignora los días de lluvia
cuando tú multiplicas
tus sillas de ruedas?
¿Qué anciano abandonado
desconoce tus hierros?
¿Qué animal perseguido
no sabe de tu trato?
De niño conocía tu apariencia
allá en mi pueblo junto a las fogatas
que hacen las pobres gentes.
TE solía mirar en mis textos
de escuela y alguna vez hablamos
sobre tus cacerías de mendigos.
O en el límite abierto de par en
par
donde ella gritaba mi nombre
cada vez más distante,
ya entonces advertía
tu arena movediza.
Desde aquel tiempo a éste
me espías sin descanso.
Te reconozco en mis preocupaciones,
en los encuentros,
en la palabra diaria;
dentro de los sanatorios
de la nieve
donde se hace más pálido tu rostro,
y si moviera un dedo,
expiraría
en la palabra libertad que escribo.
Sí,
éste es el muro y su dudosa torre.
Y yo huyo -en círculos-
con mi frágil cuchillo
de marinero muerto.
PALABRA PARA UNA NIÑA
QUE SE QUEDÓ DORMIDA
Dentro de mí navegas
tirada tu barquilla
por un caballo verde.
El aire profundiza
tu diadema y cabello
y se oye una campana
detenida cuando hablas.
En mis contornos
giras
perseguida de melodiosos peces
y cansada de límites
a mis venas vuelves.
Mira las aves
en el césped del cielo.
Mira los marineros:
regresan del océano
a la amistad del muelle,
al beso de la esposa,
a tocar los pulmones
terrestres de los niños.
Entro en tu residencia
(¿cómo no ser pequeño
al penetrar en ella?)
y cuando me iluminas
el dolor
ya no existe en mi poesía,
y en esta forma,
nunca ha sido más limpia
la realidad conmigo
que cuando a ti se acerca
sin intención de golpes.
Entonces soy más alto:
todos tus pasos caben en mis dedos,
y en el puente del agua
yo camino contigo
hacia donde la tierra es un sendero recto.
Mas la dicha ha tenido
su forma siempre en fuga.
Tú no lo sabes hija,
¿cómo ha de percibirlo
tu cabecita nueva?
Mi amor
anuncia
claros ramajes nunca extintos.
Hasta donde él se extiende
mi corazón te ampara.
Pero la vida tiene
su arena movediza
y por ti siento miedo.
Quédate así dormida
junto al agua que parte de tu cuna.
LOS POBRES
Los pobres son muchos
y por eso
es imposible olvidarlos.
Seguramente
ven en los amaneceres
múltiples edificios
donde ellos quisieran habitar con sus hijos.
Pueden
llevar en hombros
el féretro de una estrella.
Pueden
destruir el aire como aves furiosas,
nublar el sol.
Pero desconociendo sus tesoros
entran y salen por espejos de sangre;
caminan y mueren despacio.
Por eso
es imposible olvidarlos.
LA CIUDAD DE LOS NIÑOS
MENDIGOS
¿DE dónde vienen estos niños
mendigos
y qué fuerzas multiplican sus harapos?
¿Qué humano no ha sentido
en el sitio del corazón
esos dedos
picoteados
por degradantes pájaros de cobre?
¿Quién no se ha detenido
a mirarles los huesos
y no escuchó sus voces de humilladas campanas?
Que no haya niños mendigos
disminuidos en las puertas,
golpeados
por la bruma de los cementerios,
muro blanco de las ciudades.
Que haya niños que posean
juguetes,
pan
y luceros debajo de sus zapatos.
Que en el patio de la escuela
capturen alegremente
los insectos en el césped.
Que habiten en sus mundos
entre sus propios seres y sus cosas.
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